jueves, 28 de abril de 2016

Gritos revolucionarios

Ahhhhhhhhhhhhhhhhhh,
Es el grito de un prejuicio decapitado.
-¡Muerte para todos!-
Sentencia el hombre.

Inversión de los valores proclamaba Nietzsche,
la muerte del débil por el fuerte: la muerte del cristianismo.
¡Qué carajos!
-¡Muerte para todos!-
Sentencia el hombre.
Ahhhhhhhhhhhhhhhhhh.

¿Un poema? ¿Un verso?
No, idealista.
Nada de eso llevará pan a cualquier mesa.
Nada de eso hará la existencia humana menos pesada.
Aristóteles ya lo dijo: la poesía es el debería de la vida.
Un verdadero poeta escribe versos mazos.
Y
un verdadero filósofo no sólo piensa:
¿Para qué sirve pensar el mundo sin pretender transformarlo?

Ahhhhhhhhhhhhhhhhhh,
El liberalismo es desgarrado.
Sus pellejos arden en la hoguera,
Sus ideas son fusiladas, son masacradas, son descuartizadas:
El liberalismo cae, la libertad se eleva.
El pueblo danza alrededor de sus restos harapientos.

Ahhhhhhhhhhhhhhhhhh,
¡El capitalismo no es el fin de la historia!
La historia acabará con el hombre,
Hombre garras, que desgarra su propia realidad.

Ahhhhhhhhhhhhhhhhhh,
Es la muerte de todas las instituciones, es la muerte de la familia
ante el grito del hijo bastardo.

Ahhhhhhhhhhhhhhhhhh,
Es como y yo gritamos.

Marco Garita Mondragón 

En busca de poesía

Los poemas deben de estar por allí.
Hay que buscarlos
detrás de los bancos,
debajo de Wallmart.

¿Quién sabe que los encuentre
en el teatro o en el centro cultural?

Sé que no están en las aulas.

Los poemas deben de estar por allí,
en la calle, en el mercado,
en la fábrica, en la casa,
en la esquina del INS,
en el cartón del indigente defecado
(cerca de las paradas de Platanares).

Los poemas deben de estar por allí,
pero en el pretil están sus contrarios,
en la Plaza de la Cultura sus farsantes
y en las librerías sus carceleros.

Los poemas deben de estar por allí,
en la naturaleza, en las muelas
que mastican el maíz y
en las manos que venden
aguacates en Avenida Cuatro.

El poema es un trabajador,
una agricultora, el poema
es un muerto sin techo. El poema es
un indio de Pedrarias Dávila.

El poema es Lempira muerto.
El poema es Lumumba muerto.
El poema es Vanzetti muerto.
El poema es Allende muerto.
El poema son las Trece Rosas muertas.


El poema es un machete en la zafra. 

Marco Garita Mondragón

Cicua

Apenas un par de soles han marcado el cielo
cuando río y mar se unieron.
Un delta, formado por bestias y hombres, roble y acero,
se vino al mundo como un parto.
Y nací,
tal como un clis.
Busqué refugio en la lluvia y sólo hallé fango
y la sal,
secó todo como a una babosa.
Pero no morí.
Vi muchas cabezas de agua
terminadas en un puñado de  grietas,
vi la sal descompuesta
en himnos y banderas.
Y no hay pátina, y no hay casa donde buscar:
sólo un delta.
Soy agua de delta,
mas translucida:
olvidada.

Entonces quién soy.

Marco Garita Mondragón 

lunes, 25 de abril de 2016

Una breve síntesis de la humanidad

Y de pronto el infinito se encendió en mis manos
creando coronas y mesías, versos y melancolía,
haciendo de lo in-material una respuesta a lo natural.

Como-un-relámpago-universal,
el infinito se volvió etéreo
                   Y
distorsionó el género:
nuestras manos se volvieron ajenas.

Y
I
HI
todo se volvió confuso:
me busco en el cielo i no me hallo en el espejo.
me busco en la cosa hy la cosa me hace cosa.

Hi de pronto mis manos se encendieron en el infinito
y como soy finito
off
hy el infinito me traga;
i el infinito canta
i el infinito besa
i el infinito come
i el infinito baila
i el infinito coje

i el infinito es.

Marco Garita Mondragón

Tormenta

Al pueblo palestino
He allí la lluvia divina de Dios,
he allí la lluvia divina de su pueblo:
maná que cae del cielo.

He allí la lluvia divina, que inunda el rostro de los niños.
Tormenta eléctrica, aguacero desde el cielo oscuro,
iluminado por estrellas y planetas, radiantes luces,
oscurecidas por los relámpagos tormentosos.

He allí la lluvia divina de Dios,
Dios de los ejércitos, Dios del trueno,
Dios de la lluvia que inunda al pueblo.
He allí la lluvia divina de Dios,
que cae gota a gota, ahogando hombres y mujeres:
es el diluvio de Dios.

He allí la lluvia divina de Dios,
la lluvia que arranca brazos que araban la tierra,
la lluvia que arranca piernas que caminaban a la escuela,
la lluvia que arranca labios que besaban a los hijos,
la lluvia divina que sacrifica al pueblo.

He allí la lluvia divina de Dios,
lluvia árida, lluvia polvo, lluvia muerte
que le arranca el retoño a la mujer.
Tormenta que deja sangre en la Franja.
Tormenta que cae con toda la fuerza del ácido:
lágrimas agrias que malogran la tierra.

He allí la lluvia divina de Dios,
lluvia en Acre, lluvia en Deir Yassin, lluvia en Qibya, lluvia en Kafr Qassem, lluvia en Sabra,
lluvia en Shatilla, lluvia en Jenin: tormenta de más de medio siglo.

Aguacero y rocío combaten, grandes y gordas gotas contra un leve sereno.
Es el agua de Dios.
Agua salada de Mediterráneo, agua de muerte.
Tormenta en Gaza, templado en Netanya.


Marco Garita Mondragón

Familia – escuela – colegio – universidad – trabajo

Los pasos son iguales en este camino de tediosidad,
uno, dos, tres pasos… idénticos:
tú y yo iguales, como abejas
que pican y mueren al contacto del mundo.
Tú mueres al callar,
yo me excito y voy al cielo y muero una, dos, tres veces… ¡todas distintas!
Él muere cada vez que deja de cantar,
ella muere con un verso no escrito,
pero
los pasos son iguales en este camino de tediosidad
a pesar de tanta muerte
a pesar de tanto muerto
los pasos son genéricos hasta el infinito.
Infinitamente castrados de la misma forma
infinitamente aplastados de la misma forma
infinitamente creados de la misma forma
Y no somos iguales:

¡somos humanos!

Marco Garita Mondragón

Jaguar

Un cuerpo rueda en el monte garrado por mil zarpazos.          
Ocelotl lo ha atrapado, sólo espera a la lluvia y al viento.
La daga está afilada, y la cabeza en su sitio:
la sangre circula y baña la tierra.

El maíz baila en forma de arado,
la tierra ya no es árida ni barro.
El sol brilla, frutos nacen,
el eclipse ha cesado.

Estrépitos de Cuetzpalin, Coatl, Cipactli y Cozcaquauhtli
devoran el tronco del muerto.
¡Monte! Verde como el beso de ayer,
se sacude el piojo.
Tlatelcutlé vuelve a devorar el mundo.

Ocelotl interroga su cabeza,
es hora de sonar los caracoles y cantarle a los muertos,
como ellos lo hicieron a los de allende.

Se escucha un estruendo, desde las raíces del bosque.

Chichas de otrora:
maíz y pejibaye, fermentados.
Gritos, máscaras y colores inundan la tierra emergida
con toda la fuerza, en sus harapos.

Y la noche no acaba hasta que la última cabeza sea cortada.

Ocelotl devora los corazones de los caídos
y se los guarda junto al suyo.
Los árboles siempre los recordaran,
las aves volarán a todos los pueblos, y dirán:

“Viva el cacao derramado, por siempre”.

Marco Garita Mondragón